9 de septiembre de 2015

Cultura

Cultura. Víctor Laplace: "En Tandil hay escuela y actores extraordinarios"

NOTA PUBLICADA EN EL SEMANARIO EL DIARIO DE TANDIL DEL SÁBADO 5 DE SEPTIEMBRE DE 2015   Toda historia tiene un principio, un origen, y Víctor Laplace tiene muy claro cual fue el Big Bang de su pasión por el arte. “Fue en la Plaza Independencia, al lado de la intendencia. Se levantaba un tinglado y ahí vi teatro por primera vez a los 12 años. Con Oscar Ferrigno, Chiro Pugliese, y un grupo de artistas populares que hacían teatro en los pueblos, bajaban desde Capital con la impronta de los juglares. Estaba con mi mamá y me impresionó, fue una conmoción muy fuerte, casi como algo que bajó y me dijo que en esta vida haría eso. Ahí empezó todo, porque a los 14 años estaba en la Confraternidad Ferroviaria”, recuerda para ElDiariodeTandil, de nuevo en su ciudad y picada de por medio, con quesos y salamines que funcionan cual la magdalena de Proust, entre la gentil interrupción de unas señoras que no pudieron evitar parar a saludarlo. En su red de memorias de acá, van apareciendo el Pequeño Teatro Experimental, el TIT (Teatro Independiente de Tandil) y Conrado Ramonet, de quien se hizo muy amigo y lo guió en su locura por las tablas. “Fabriqué con mis manos de obrero metalúrgico los primeros spots de luz. Conrado, me vio arriba de la escalera colgando los faroles y me dijo que me tenía que ir a Buenos Aires a estudiar. Vio mi pasión y mi curiosidad. Ahí me di cuenta que había empezado con la autogestión”, rememora. “A mis 14 años, mi hermana Ligia Laplace me consiguió el trabajo en Metalúrgica, y se me completa la idea de cómo tiene que ser la vida. Paso a ser un obrero metalúrgico, estudio en la Escuela Industrial y, paralelamente, la pasión por el teatro. Aparecía el hombre que le llevaba a su madre el sueldo en el sobre de papel madera y fines de semana me metía en el sótano de la Confraternidad con Juan Dalera, con el Gordo Soriano, Juan Carlos Gargiulo, los hermanos Betelu, los Techeiro y Néstor Hugo Tirri”, dice sin querer olvidarse de ninguno. Después, a los 18, las luces de la gran ciudad lo esperaban: “Preparé el viaje como un inconciente que era. Papá me pidió primero el título de técnico mecánico, una vez que se lo di, me dio permiso. En esa época era como irme a de acá a Shangai. En casa se almorzaba a las 12 del mediodía, y mi tren salía a la 1, nos le di tiempo a nada. Atravesé el pasillo de casa y no me di vuelta porque mi mamá parecía una tragedia griega. Si la veía, me quedaba. Uno en la vida hace tres o cuatro movimientos importantes, uno de ellos fue la ida. Yo era feliz acá, pero también era muy fuerte el tener que estudiar. En Tandil no había lo que hay ahora, ahora hay escuela y actores extraordinarios”.   DE HIERRO Aquella época en Metalúrgica Tandil lo marcó a fuego. Reconoce que no era un gran obrero – “el primer día tuve que sacarle la rebaba a mil tornillos, y fue tal el entusiasmo que los hice mierda” – pero esas vivencias lo formaron como persona, lo hicieron amar el laburo. Con un entrañable amigo Julio Lester, recorrían, muy chicos ellos, las más grandes fábricas de todo el país haciendo el control de calidad. Cada viaje, cada visita que hacían con el único traje que tenían, lo educó y lo hizo crecer. Hoy, la añoranza de los fructíferos tiempos metalúrgicos, se mezcla con la triste realidad de lo que supo ser un gigante en toda Sudamérica. “Me da mucha tristeza, ha sido un deterioro que hay que reparar. Desearía que Metalúrgica Tandil vuelva a ser aquella empresa”, y el silencio que le siguió a esa frase, lo dijo todo.   “SER ACTOR ES UN PRIVILEGIO” Enumerar los pormenores de la prolífica carrera de Víctor Laplace, ocuparía por lo menos dos ediciones de este semanario. La televisión lo vio en todas sus formatos, ya sea actuando o conduciendo, haciendo reír o llorar. En cine, unas 70 películas lo tuvieron en su elenco, con títulos memorables como “Los Gauchos Judíos”, “No habrá más penas ni olvidos”, “Gracias por el Fuego”, “Flop” o, más acá en el tiempo, “Comodines”. Aunque muchos lo tienen en la memoria en ese rol donde pudo mezclar su talento con su militancia, dándole vida en la pantalla dos veces al General Juan Domingo Perón. Saltó al otro lado de la cámara para dirigir “El Mar de Lucas” y “Puerta de Hierro”. De teatro, ni hablar, las obras se acumulan por montones, incluso en el rubro musicales. Entonces, ¿qué le falta hacer a Laplace?: “Me falta tiempo porque lo ocupo mucho, quiero ser generoso con todos y todas las cosas que me pasan. Como diría Aristarain, espero tener piernas, que después de los 70 empiezan a flaquear. Mi cuerpo es mi fábrica, eso me lleva a cuidarlo mucho para estar lúcido”. Hablando con Víctor, no quedan dudas que ama su trabajo y que aún tiene mucho camino por delante. “Ser actor es un placer, un privilegio, no lo puedo catalogar como un trabajo. Uno inventa de la nada cosas y hay un público que escucha. Trabajo es el de un obrero, los pensadores. No hay mucha gente que haga su trabajo con felicidad”.   SIEMPRE SE VUELVE AL PRIMER AMOR Esta vez, volvió al pago que lo vio crecer, nada menos que para ser homenajeado. El Tandil Cortos le rindió tributo con un “Ojo de Piedra a la Trayectoria”. La cita se dio recién en la duodécima edición del festival, no por falta de invitaciones, sino por exceso de trabajo. “Para mi es corolario… soy de acá y aprendí todo acá. Y él (Luciano Majolo) tiene la ocurrencia de invitarme a este festival y darme un homenaje. No quiero ser homenajeado pero a la vez me parece que está bueno que sea en vida”, dice, mirando al director del festival en cuestión. Y hablando de la serie Fábricas, esa que como actor y director lo trajo a instalarse varios meses en la ciudad y que ya está terminando de emitirse en la pantalla de la TV Pública, expresa que “fue muy importante, me completó lo que tenía que devolverle a Tandil. Sentía que tenía que hacer algo. Vengo a acá y me retroalimento, me nutro”. Sintió también que ese mundo de obreros peleando por sus derechos le era conocido, que él podía hablar de eso con la autoridad de quien lo ha vivido. Y encima, donde lo vivió. Pinta tu aldea y pintarás el mundo, dijo Tolstoi. En esa producción, trabajó con mucha gente local. Técnicos, actores, e incluso los propios obreros, tuvieron la oportunidad de jugar en la primera de la tele nacional. “Hice un casting muy minucioso y me encontré con sorpresas extraordinarias. Necesitaba tener más personajes para poder darles trabajo a más personas. Los obreros fue un punto altísimo, nunca había trabajado con gente que no fueran actores, no por esquema, por temor a no saber como. Tenía recuerdos de los grandes directores italianos que trabajaban así. Me animé porque fui a las fábricas y, como conozco ese mundo, me encontré con caras que me eran familiares y les dije que iban a ser actrices y actores”. Todo esto mezclado con actores de Buenos Aires como Carlos Portaluppi, Susú Pecoraro y Belén Blanco, e incluso dándose el gusto de convocar a su “actor fetiche”, como él lo llama, su amigo el Colorado Lester, cuya participación tuvo que ver “con un personaje que nosotros conocíamos cuando íbamos a la fábrica en Villa Laza. Había un tipo que cantaba una canción anarquista y nos daba un poco de miedo, un borracho”.   COMO UN TREN La charla siguió paseando por todos lados, temas fueron y vinieron. Volvió a la mesa el tren, ese que lo llevó a Capital en busca de un sueño, y se le comentó sobre el polémico proyecto de correr la Estación. “¡¿Sacarla?!”, exclamó, enterándose in situ, y agregó que “para mi próxima película el tren tiene que estar ahí. Yo quisiera que Tandil se quede así como está. Es egoísta de mi parte porque se que hay muchos intereses en juego, pero creo que hay lugares de Tandil que son como reliquias, los espacios emblemáticos. La Estación es uno de ellos”. Y siguiendo con el tema de los viajes, se le pidió un consejo para esos pibes que, por más que hoy acá se pueda estudiar teatro, ven en Buenos Aires el objetivo. Entonces, ¿viajar o no viajar?: “Depende para que. Tenés que tener un para que muy potente en cualquiera de los aspectos de la vida. El actor tiene que tener un para que muy fuerte en el escenario, en el cine o donde esté actuando. Tiene que ser muy movilizador, para no estar como muerto y al pedo. El para que de un viaje es lo mismo, uno no puede ir a ver si pasa algo… si me dice “para ser famoso”, es una entelequia la fama, hoy es más famosa la de los aviones que los que tenemos 45 años de televisión, meterse ahí es un peligro. Ojo, ahí quizás vas a encontrar una billetera más abultada, pero no el sentido final de la profesión”.

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